Bretaña. Día 2

JUEVES 30 DE JULIO.

Entre lo cansado que estaba y lo poco cómodo que he dormido (he pasado frío y la cama no me daba toda la confianza que yo necesita), no ha sido una noche muy buena. Pero me he levantado mejor que me acosté (algo es algo).

Arco de Triunfo
Arco de Triunfo

Es un hotel de 2 estrellas, así que el desayuno no es para tirar una traca, pero el café con leche es decente y los croissants se dejan comer. Pero pensar en lo que viene a continuación siempre eleva el ánimo. Ya empiezan las bromas de buena mañana, de hecho, esa será la tónica general de todas las vacaciones, y por extraño que parezca, hasta yo, que me suelo levantar con cara de perro, lo llevo con humor.

El coche lo vamos a recoger en la estación de Austerlitz después de la comida, es decir a partir de las 2, así que la mejor opción es dejar las maletas en la consigna del hotel

Nos vamos pues a la caza de París. Desde la primera vez que estuve en la capital del amor, me muero de ganas por ir al Arco de Triunfo. Ir he ido, pero ha sido siempre con el coche, de forma que ha sido pasar por al descomunal rotonda y verlo de refilón. Hoy me propongo llegar a él, y pasar por debajo, para poder decir eso de “esto me lo paso por el arco de triunfo”.

Puente Alejandro III
Puente Alejandro III

Cogemos el Metro en la plaza de Pigall, y pasamos de camino por la puerta del hotel en el que estuvimos cuando fuimos a Normandía (de echo, estaba justo al volver la esquina de nuestro actual hotel). En pocas paradas estamos en el Arco de Triunfo, y joder si impresiona. Es colosal, y entonces empieza la sesión fotográfica, hay que inmortalizar el momento, y como no, pasamos por debajo. Lo único que no hago es subir, la cola era muy grande, y vamos a lo que vamos, que hay mucho por ver y poco tiempo. Desde allí, me hacía también mucha ilusión andar por los Campos Elíseos, así que en dirección a Notre Damme otra vez, vamos bajando por la Avenida. De camino pasamos por el Puente de Alejandro III, vemos al fondo la Torre Eiffel, los Inválidos, la Plaza de la Concordia, y desde esa plaza cogemos un autobús que nos lleva hasta casi la catedral. Damos un pequeño paseo por la orilla del Sena y también pasamos por el mercado de plantas que hay al lado de la Saint Chapelle y por fin a la catedral. Todo muy condensado, pero muy medido.

Con toda la tontería se nos ha hecho, más de la una. Así que a la búsqueda de un restaurante, y donde mejor que en el barrio Latino. No vamos a tener problemas en este viaje para elegir restaurante, somos todos muy bien avenidos y cuando aprieta el hambre es mejor de dejarse de tonterías e ir al grano. Por eso no tardamos en encontrar uno con un buen menú de 15 € (son 15 sin vino, incluida por supuesto de “Garraf d’eau”). Ensalada, confit de pato y postre. Todo muy bueno, y sentados en una mesa que mira a la calle, con la ventana/puerta abierta.

Entrada Palacio de Versailles
Entrada Palacio de Versailles

Bueno, la decisión de ver Versailles ha sido unánime, era una de esas opciones que estaban sobre la mesa y que dependían de horas y ánimos. Lo primero es ir a recoger el coche, como está cerca de allí (en dirección Este remontando el río) vamos dando un paseíto. No hay problema de llegar y encontrar la oficina de Avis. Al final el coche que nos toca es un Opel Zafira, que a mí de entrada no me terminaba de convencer, pero que lo hará rápidamente en cuanto le pise al acelerador y nos ubiquemos cómodamente en su interior. Es curioso que mientras el tipo de Avis me hablaba en castellano, yo estaba empeñado en contestarle en Inglés, ¡ya va a ser esto deformación profesional!, o yo que sé.

Recogido el coche del Parking, y puesta Martita en marcha, vámonos por el centro de París a recoger nuestras maletas. ¡Que ganas tenía de ponerme a las manos del volante y empezar a conducir!

La experiencia de volver a conducir un coche por las calles de París, es adictiva. El coche está realmente bien, se ve bastante ancho y cómodo, pero ya le iremos sacando las pegas y las ventajas según vayan pasando los días. Como decía, me resulta adrenalítico imbuirme en el tráfico (bastante congestionado) de París. Con Marta como guía, no nos resulta difícil llegar al hotel, y allí que seguían nuestras maletas, justo en el sitio donde las habíamos dejado (pero donde iban a ir … claro que tienen ruedas …); bueno en definitiva y tras darle las gracias al recepcionista, un tipo parco a la vez que amable, cargamos el coche y nos ponemos en ruta hacia Versailles.

El Palacio de Versailles se presenta magnífico. Estaban arreglando una parte, y es muy visible como han dorado todas las figuras que hay en la fachada, al igual que las verjas. Para variar en un par de añicos, lucirá radiante, y entonces habrá que volver a verlo. Porque además de eso, no nos han enseñado tanto como la última vez que recuerdo, aunque eso sí, la sala de los espejos estaba donde siempre.

La visita al palacio, resulta como la del anuncio de no se que tipo de laxante, ‘mu rápida’, y no porque tuviéramos prisa, sino porque lo que nos han enseñado ha sido muy poco. Pero como realmente si tenemos prisa, porque nos quedan casi 3 horas de viaje, son casi las 6 de la tarde y hay que llegar al hotel antes de las 11 porque sino, puede que nos encontremos con la puerta en las narices, sin llaves y habría que pagar otras habitaciones (y de que me suena a mí eso)…

Y menos mal que, debido a la amarga experiencia, me he acordado de preguntar lo del horario, aunque aun así no llegamos con mucha antelación (se nos harán más de las 10, bastante más).

A una hora técnica (más o menos las 8 y pico) hacemos una parada en un área de servicio de la Autopista para cenar algo, porque al llegar no sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar, y sería probable que tuviéramos que comernos unos a otros. De modo que una típica cena a base de Sándwich, agua, Pringels y unas Cookies.

Al llegar a Angers, Martita todavía parecía seguir orientándonos, la dirección del hotel yo la tenía, y sabía por donde estaba situado, así que estaba ¡seguro! de que íbamos bien orientados. Pero cuando se hace de noche, no se ve 3 en un burro, te apartas de toda la civilización y te metes por un carreteril no muy bien asfaltado, aunque Marta te siga dirigiendo, es inevitable que la duda comience a surgir. Los  demás me miran con cierto mosqueo, pero yo mantengo firme la determinación de que es por allí, (esto es lo que tiene haber visto las fotos antes de ir) entonces giro una curva esperando encontrar el inconfundible color verde del Campanille, pero solo se ve otro poco más de oscuridad, y vuelvo a girar, y la chispa se enciende, vemos la luz … que no resulta ser verde, pero es roja y luego ¡sí! es verde. ¡Véis! Que ya estabais perdiendo la fe. (¡uf, menos mal, porque se acercaban las 11!).

Bueno queda claro que llegamos, que era allí, que el hotel estaba muy bien. En la línea de los Campanille es decir, limpio, funcional, y un comedor que promete.

Ya es tarde, estamos cansados y nos vamos derechitos a acostar. Mañana nos espera un día de Castillos. Un día de Loira.

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