Bretaña. Día 1

MIERCOLES 29 DE JULIO.

El día comenzó temprano. El tren salía a las 8:25, las maletas estaban prácticamente preparadas (ya habíamos trasnochado un poquito) y madrugamos a eso de las 6 para los últimos retoques, como volver a pesar las maletas una vez más en el peso del baño (en la grande andábamos por los 17 kilos y en la pequeña nos quedábamos en unos 15).

Notre Dame bañada por el Sena

Había quedado en la estación de tren a las 08:00, así que a las 07:45 llamamos al Taxi, que no tardó ni cinco minutos en llegar. Con el ánimo por las nubes, nos presentamos en la estación y los otros 3 integrantes de la expedición ya estaban allí. Pasamos enseguida a los andenes, puesto que el tren ya estaba anunciado. Como todo el verano, había amanecido un día radiante, de calor. Y la espera del tren se hizo muy llevadera, tanto por lo poco que esperamos como por la fresca brisa que soplaba en el andén. Todos estábamos de buen humor, y bromeábamos con cualquier cosa.

Personalmente se me hizo un poco largo el viaje en Tren, eso sí, dormí un poco, y por lo menos descansé. El tren nos dejó en Chamartín, y de ahí fuimos a la Terminal 2 de Barajas.

Louvre

Encontrar los terminales de Air France fue muy fácil, porque ya estaba indicado el vuelo en las pantallas de televisión y además facturamos muy rápido. El peso de las maletas resultó ser un poco mayor de lo que habíamos previsto, pero en cualquier caso no llegaba a los 20 kilos, que es el máximo permitido en Air France.

El avión salía a las 13:30 y a las 12:30 ya estábamos listos. El embarque fue rápido y la espera corta. Recordé preguntar a la persona que nos facturó, sobre si se servía la comida en el avión, tal y como yo recordaba haber leído en un correo que me envió Air France, y me confirmó que sí. Así que esperamos la comida, fuera cual fuera.

Comida frugal

El despegue se hizo de rogar un poquito como suele ser habitual, pero fue suave y antes de darnos cuenta, ya estaban sirviéndonos unas bandejas de comida, en mi caso con una botellita de vino (un Burdeos bastante bueno). La comida decente, pero exigua eso sí, consistía en una ensalada de pasta con queso, estaba bien aliñada y de postre la famosa tarta de pommes. En definitiva, que por los 99 euros que nos costó el billete, con 20 kilos para facturar, otros 12 de mano, el servicio prestado, la comida, el espacio en los asientos del avión, y un largo etc., puedo decir que no hay color con Ryanair, y prácticamente con ninguna otra compañía.

Entre servir la comida, cometerla y recogerla, no tuve tiempo ni de ir al servicio, de manera que a las 15:30, hora prevista de llegada a Charles de Gaulle en Paris, estábamos aterrizando.

Puente de los inválidos

A medio día llegábamos a la ciudad de la luz, con un día nublado y fresquito. Pues nada, tocaba buscar el autobús que nos llevaría a Paris, muy cerca de nuestro hotel “Victor Masse”. No tardamos demasiado en encontrar la parada del RoisyBus, y tampoco tardó mucho en venir el susodicho medio de transporte, que por un módico precio de 8 euros nos acercó al centro. Dentro del autobús, mucha gente, mucho calor y mucho agobio. La llegada al lado de la Opera, fue todo un soplo de aire fresco. El camino al hotel se me hizo cuesta arriba, y no sólo porque de hecho íbamos hacia arriba, sino porque el peso de la maleta y de la mochila, se me clavaba en los huesos.

   3 pensamientos de matar a Fernando y 15 minutos más tarde, llegamos al hotel. Justico a su lado un “bar de mujeres alegres”, ¡y eso que estamos ya fuera del barrio de Pigall!. De cualquier forma, el hotel, no estaba del todo mal, teníamos una buena vista, no olía demasiado a humedad y el baño era decente.

   Justo cuando ya nos íbamos para la calle, oímos unos gemidos extraños en la habitación de al lado, ¿será la tele?, no creo suena más bien como…, parece demasiado real; prestamos atención y … sí, definitivamente es un cliente, un cliente de la clienta, vamos que son dos, aunque sólo se la oye a ella, ¡será parte del precio!, ¿o realmente se lo está pasando así de bien?, bueno que disfruten ahora, pero que esta noche nos dejen dormir.

Salimos a la soleada y fresquita París, dispuestos a ver lo que quisiera enseñarnos.

Interior de Notre Dame

Esta claro que nuestro primer objetivo era Notre Dame. De camino, todos teníamos una sed loca, así que nos paramos en un pequeño café a echar una Cerveza unos y una botella de agua otras. Nos sentamos en la calle, en una mesa chiquitina, y mirando al frente, a la costumbre parisina. Pero para variar, nada de nuestras maravillosas tapas. Es cierto que nos clavaron con la cerveza, pero así es París con el alcohol. Camino a la catedral, pasamos por el Louvre, ya estaba poniéndose el sol, y los reflejos en el agua que circunda a la gran pirámide, resultaban mágicos. A esta hora se respiraba una tranquilidad mística. Pero no era ese momento de ponerse a descansar, la visita a París iba a ser rápida, y ya era la hora de cenar. Así que, que mejor que el barrio latino para ello.

No íbamos buscando nada en concreto, pero como la última experiencia en el restaurante Griego fue tan buena, intentamos repetirla. Ya reza el dicho, eso de que “segundas partes nunca fueron buenas” y lo podemos aplicar en esta ocasión. No puedo tirar la toalla por la “mousaka” que nos sirvieron, estaba un tanto rara, falta de un no se qué, ya se que no doy una descripción muy técnica, pero ya me entendéis. Sin embargo la cena, fue muy divertida, de hecho aquí empezó a destaparse el ingenio y humor de Raúl. Algo que nos ha acompañado todo el viaje, y que tan buenos momentos nos ha regalado.

Curioso restaurante griego

El menú salio a buen precio (16 Euros) y podemos decir que estuvo bien en general. Tocaba pues, la visita a Notre Dame de noche y mi siguiente objetivo, y de hecho el más importante de esta breve visita a París, era ver la Torre Eiffel de noche para contemplar la iluminación. Como nos quedaba a un buen paseo y ya no eran horas para perderse por las calles, decidimos llegar hasta allí en Metro. No era muy tarde (más o menos las 23:00) pero ya íbamos con la mosca detrás de la oreja por si este cerraba.

Torre Eiffel in the night

De día ya se presenta majestuosa, pero toda iluminada, resultaba todavía más impresionante. Volvimos en Taxi ante la duda de si el metro estaría abierto, tan sólo nos cobró 13 euros y cuando arrancaba, pudimos ver como centelleaban las luces de la torre, y la hacían si cabe más mágica. Un buen colofón para este primer día de vacaciones.

   La noche en la ciudad de la luz.


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