Rollos de Vino

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AY!!!!! Que decir de estas pequeñas maravillas, esa textura crujiente por fuera y suave y tierna por dentro, ese dulce sabor a vino. Conforme entra en la boca se deshace y estalla en mil sabores. ¿Quién se pude comer sólo uno?

Otra de esas recetas rescatadas y adaptada de la “libreta milenaria“, ese documento histórico que mi madre utilizaba en sus tiempos para ir al horno a cocer… !que tiempos!, aún recuerdo en Navidades y en Semana Santa…..me pongo nostálgico.

Bueno voy con esta sencilla receta, cien por cien recomendada para grandes y pequeños, para dulces y salados, para todos (parece un anuncio de coca-cola).

Ingredientes: (con estas cantidades me han salido 36 rollitos)

  • 125 ml de aceite de girasol
  • 65 ml de vino blanco
  • 250 gr de harina de la normal
  • 1 gaseosa (la blanca y la azul)
  • cascara de limón
  • azúcar para cubrirlos

Vamos con ella. Lo primero es freir el aceite con las cortezas de limón (he echado tres trozos), a fuego suave durante x minutos, en mi caso habrá estado algo más de 10 minutos, concretamente cuando el limón se ha puesto negro. Entonces lo he quitado y lo he dejado freir otro par de minutos. Dejamos que se enfríe un poco.

En un bol echamos la harina y la gaseosa. Entonces vamos añadiendo el aceite con cuidado y vamos removiendo. Finalmente vertemos el vino blanco (en mi caso estaba frío). Lo removemos todo para que cohesione y lo amasamos un poco. Cuando ha cogido cuerpo, estará listo para empezar a formar los rollos.

Vamos calentando el horno y formando los rollos. Yo lo he echo cogiendo un trozo de masa y frotándolo con ambas manos hasta obtener un pequeño “churro“, entonces lo cierras por los extremos y a la bandeja del horno. Se pueden juntar porque no van a subir apenas (no busco este palabroto en el diccionario por si no aparece).

En el horno a 180º han estado casi media hora, y al final un golpe de gratinador, con cuidadín porque se torran enseguida. Nada más sacarlos de horno, los rebozamos en azúcar (la cogerán de maravilla) y a una rejilla a enfriarse. Cuando estén fríos, se meten en un tarro de cristal y a disfrutar de estas pequeñas delicias durante mucho tiempo (si es que te duran tanto).

 

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